Carta abierta de Alfredo Vanini

Entrevista August 7, 2007
Categoría Diario
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Recibimos una carta abierta de Alfredo Vanini, donde amplia sus puntos de vista y -según sus palabras- contextualiza sus polémicas opiniones en torno al controvertido afiche del Festival de Lima.

La reproducimos integramente a continuación:

Queridos amigos.

Les escribe Alfredo Vanini. En primer lugar, quiero agradecer todas las opiniones que se han escrito sobre mi comentario en torno al afiche del 11 Festival latinoamericano de cine del Centro Cultural de la PUCP. Las favorables y, especialmente, las discrepantes. Eso es pues, la democracia. La democracia activa, no aquella que está en el papel ni en el discurso: la libertad de poder decir lo que uno cree. Y aprecio en Luis Carlos Burneo la valentí­a que ha tenido de colgar el segmento en su página. Confieso que no pensé que iba a generar tanta batahola.

Segundo lugar, quiero dejar bien claro que no se trata de un ataque a las personas que trabajan en el CCPUCP y que tan esforzadamente, me consta, trabajan todos los dí­as del aí±o a favor de la cultura en nuestra ciudad. Es una tarea difí­cil. Y créanme, pues hace siete aí±os vengo intentando hacerlo, antes en la Alianza Francesa, hoy en la Biblioteca Nacional. Se que están molestos conmigo, y me duele. Desde hace tres aí±os, por iniciativa propia y gracias a la generosidad de Alicia Morales, vengo apoyando este Festival de cine que, con más aciertos que errores, crece cada dí­a más. Estoy seguro que si pudieran, pondrí­an las entradas más baratas y harí­an funciones de teatro más populares. Pero las limitaciones existen, es obvio. Tanto en las instituciones públicas como privadas. ¡Qué me lo digan a mí­ que ahora trabajo para una institución pública!

Los franceses, cuando polemizan, se hacen siempre una pregunta inicial. “¿Desde dónde habla usted?” Es lo que nosotros decimos más complicadamente “contextualizar”. Contextualizo pues. No tengo una formación académica completa. De hecho soy autodidacta. Y como buen autodidacta busco maestros en todos lados (desde Coqui Bruce hasta doí±a Irene, seí±ora de Apurimac a quien compro todos los dí­as el pan). Leo y leo de todo: libros de todas las disciplinas, revistas, periódicos. Veo cine desde los 5 aí±os. Voy al teatro desde el vientre: mi madre, estudiante de teatro, era y es cinéfila. Procuro cultivar la amistad de personas inteligentes que saben más que yo. Y escucho siempre. Y quizá por esa visión vasta que no me ha podido quitar el claustro universitario (todo claustro es un espacio cerrado, incluso insular) me permite percatarme quizá de cosas que no se ven fácilmente. Miro desde abajo, rostros. De lo contrario solo verí­a cabezas, desde arriba.

No se engaí±en por mis apellidos (nadie es culpable de sus apellidos): soy un peruano de a pí­e. No tengo carro, ni propiedades. Nací­, crecí­ y vivo aún en un barrio popular: Breí±a. Vivo de mi trabajo y con mi trabajo mantengo a mi pequeí±a familia. No tengo sirvienta, nunca la tuve, y nunca nos hizo falta. Socialmente pues, soy un cholo. ¿Cuál es el pequeí±o detalle que hace la gran diferencia?. Que mis padres se esforzaron enormemente para pagarnos, a mis dos hermanos y a mí­, una educación en un colegio británico. Paralelamente llenaban de libros toda nuestra casa. A pesar de ello, no soy un aculturado (¡gracias Arguedas!), y a pesar de mi cultura, como cholo me reconozco, y como cholo veo mi sociedad. Y como cholo leo lo que los sabios de mi paí­s escriben sobre mi, el cholo, y como cholo reacciono ante esa mirada que sobre mi se posa.

Dicho todo esto, me reafirmo: el afiche es racista. Lanza un mensaje racista. Si este contenido o mensaje racista es deliberado o no, no lo creo. Conozco a Sandro Venturo. Nunca sospeché en él, ni lejanamente, algún sesgo racista. Se de su trabajo, he leí­do con interés –pero de manera crí­tica- algunos de sus libros y artí­culos. No siempre estoy de acuerdo con él. A veces sí­. Pero esta vez, no lo estoy y lo he manifestado. No sostengo que los directores de Toronja son racistas. ¡Y mucho menos las personas del CCPUCP! Repito: el afiche es racista. Y lo siento Sandro, tu respuesta, personalmente, no me satisface.

En mi razonamiento me guí­an siempre dos actitudes aparentemente contradictorias: soy paleolí­tico y soy autocrí­tico. Paleolí­tico (no cavernario) porque me rindo ante los hechos simples, concretos y demostrables: si tomo un disco de piedra y hago un agujero en medio, hago una rueda. Ni más ni menos. Y soy autocrí­tico porque, todo el tiempo, antes y después de cada afirmación, pública o privada, me digo, “Alfredo, ¿y si estás equivocado?”.

Y como paleolí­tico miré una y otra vez el afiche. Y como paleolí­tico fui al diccionario y busqué la palabra racismo. Y como paleolí­tico leí­: “Racismo: 1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros.”. Luego volví­ a mirar el afiche y me dije “Pues sí­, es racista según esta definición”. Y como autocrí­tico pregunté a mi familia, y como autocrí­tico pregunté a mis amigos, y como autocrí­tico pregunté a mis vecinos “¿me equivoco?”.

El resto todos pueden verlo. Yo he declarado. Ustedes han opinado.

¿Ya que no soy sociólogo ni publicista no tengo derecho a opinar sobre lo que hace un sociólogo o un publicista? ¿Sobre lo que hacen y pegan en la ciudad en la que vivo? No seí±ores, me niego a aceptar eso. Y reivindico para mí­ y para otros el derecho ciudadano a opinar, incluso de manera virulenta, sobre lo que sucede alrededor nuestro.

Pero no me considero portavoz de nadie. No intento crear una polémica. No me interesa que se hable de mí­. Hasta en eso soy cholo: tengo ese pudor tí­pico de aquellos que no les gustan las fotos ni verse en TV. No soy fotogénico y tengo unas horribles bolsas bajo los ojos debido a mi avidez de lectura. Pero si he logrado que a través mí­o, cholo medianamente culturizado, se haya podido expresar la opinión de muchos otros, estoy contento. De otro lado, Toronja Comunicaciones tiene todos los medios a su disposición (su libro Ampay –el que, sea dicho, he leí­do con mirada muy crí­tica- ha sido portada en Somos el sábado pasado. ¡No es poca cosa!). Tanto Sandro como Gustavo Rodrí­guez son personas ligadas a la comunicación y se desplazan como pez en el agua en esa gran pecera. Yo no. Y en lo que a mí­ respecta, este tema está acabado. Mi opinión ha sido escuchada. A otra cosa mariposa y que la función continúe.

Pero sí­ me interesa decir es que se demuestra una vez más que todos nosotros, peruanos, tenemos el racismo metido en la médula. Nacemos con él, es nuestro ADN. Y no solamente del blanco hacia el andino, sino del blanco hacia el negro, y del andino hacia el blanco, y del negro hacia el andino y viceversa. ¡E incluso del andino hacia el andino y del negro hacia el negro!

Y es esa incapacidad para ver al otro lo que nos desangra. Y es en eso en lo que hay que reflexionar. Es eso lo importante. ¡Y no con afiches, ni con complicadas y demagógicas obras de arte o performances o instalaciones que se cuelgan en galerí­as de arte que pocos, salvo los propios artistas, visitan! Sino con acciones concretas, paleolí­ticas: invitarlos, incluirlos, escucharlos, dejar que se presenten ante nuestros ojos, dejándolos hablar, tocándolos, reconocernos en ese otro.

Porque ese otro está allí­ a pesar de todo. Y es peruano, y todos nosotros, de alguna manera, somos él, andino, bajito, jorobado, con gorrita, con zapatillas y buzo, caminando en una ciudad a la que es ajena pero en la que viven, trabajan, sufren y gozan miles como él. Una ciudad en la que siempre ha estado, y en la que nunca nadie lo ve. Una ciudad en la que hay fiestas a las que nunca él está invitado. Y como estamos tan ocupados viendo a los invitados, descifrando si el elegante es Blume o Luppi, (aquellos hombres con “pelos en el rostro y cuerpos de acero”, la estupidez que nos enseí±an en el colegio y que Marí­a Rostorowsky no se cansa de condenar) no nos damos cuenta que tal vez ese peruano también querí­a su entrada. Pero lo acaban de echar de la cola y se va. ¡Cuánto nos cuesta verlo de igual a igual y no bajo una mirada sea de exotismo, sea de sujeto de estudio sociológico o sea simplemente de desprecio!

Este afiche actúa directamente sobre nuestro imaginario simbólico. ¡Qué maravilloso provecho podemos sacar de él! No es deliberado, estoy seguro de ello. Se le escapó del subconsciente al dibujante. Y se le escapó del subconsciente a Sandro y a Gustavo. Y se les escapó a todos aquellos (se les escapa aún en estos momentos, estoy seguro) que no se identifican con aquel pequeí±o hombre. ¡Qué ganas tengo de encontrarme con Coqui Bruce, a quien conozco y aprecio, y que además prepara un libro sobre racismo, para saber qué tiene que decir sobre este afiche!

Es la fascinación ante el extranjero y la negación de lo propio. Es Cajamarca, noviembre 1532. Ese pequeí±o hombre del afiche de Toronja es quien cimentó la riqueza de esa Espaí±a del siglo 17 y 18 que ahora les cierra la puerta en las narices, ese que tonteamos en 1821 con el cuento que era “libre e independiente”, ese que enviamos al matadero en 1881 a defender una ciudad cuyos salones no conocí­a. Es ese que fue enviado por un polpotiano demente a dinamitar y despedazar por más de 12 aí±os una ciudad, en la cual viví­a pero que sin embargo que no le pertenecí­a. Es ese cuyo nombre, palabra y foto aparece en un informe de miles de páginas, y que muere cada dí­a ante nuestra alegre indiferencia.

Sin embargo está allí­, viviendo con nosotros. Pasando por la puerta del cine. Con rabia, con tristeza. Vamos a invitarlo a la fiesta, ok?. Vamos a invitarlo a entrar antes que tome la 73 que está pasando por allí­ y se vaya a su modesta casa, donde lo que sí­ podrá ver es la basura que le ofrece la televisión de Magali y Laura Bozzo.

Porque lo hemos visto. Lo vemos ahora. Veámoslo siempre. Antes que sea, una vez más, demasiado tarde.

Alfredo Vanini

Agosto del 2007

Durante el 11 Festival de cine de la Pontificia Universidad Católica del Perú.