Acerca de La habitación de henry spencer

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Si me remonto al pasado, dirí­a que la imagen que jamás se despegará de mi cabeza es la de un adolescente norteamericano que, en pleno auge de la televisión por cable, transmití­a su propio programa desde la comodidad de su habitación, gracias una gloriosa cámara casera.

Ahora, si estiramos un poco más esa borrosa y accidentada linea del tiempo que es el pasado, puedo aun sentir en mis brazos el peso de mi primera cámara de video: una Betamovie que mi padre adquirió para inmortalizar todos aquellos momentos familiares, y que yo, un nií±o de 6 aí±os, convertí­ en mi juguete favorito, sobre todo porque mi Betamax, uno de los primeros y enormes modelos que salieron al mercado, contení­a algunas breves pero funcionales posibilidades para editar videos.

Y si me dejan, nuevamente, saltar la linea del tiempo, pues me veo en los últimos aí±os de vida universitaria. Hice de una cámara analógica video 8 (terco yo, en pleno auge de lo digital) casi una extensión de mi persona. Aquellos incansables compaí±eros de estudios me recordarán, espero tiernamente, llevando la cámara hasta el baí±o (no me malentiendan, trato de referirme a que jamás soltaba el bendito aparato). El resultado de esas eternas sesiones con la maravilloso Sony son horas, dí­as enteros de videos donde mis amigos -así­ como personas absolutamente extraí±as para mí­- me conversaban olvidando o tal vez ya acostumbrados (¿resignados?) a que jamás apagara la cámara. Pues bien, lo que me encantaba de esos videos era que podí­as ver a gente de carne y hueso, charlando, riendo, llorando. Y lo mejor de todo era la existencia de un acuerdo tácito mediante el cual mis amigos y hasta mis enemigos sabí­an que yo jamás mostrarí­a a nadie esas grabaciones, acuerdo que hasta el dí­a de hoy cumplo.

Ese es, digamos, el punto o los puntos de partida. Durante algunos meses traté, equivocado yo, de crear una versión un poco más “agradable” para ser llevada a la televisión, pero una maí±ana, en un bonito viaje en combi, me di cuenta que estaba pensando más en que podrí­a resultar agradable para un posible público, en lugar de pensar que podrí­a ser agradable para mí­.

Aquel dí­a -de asombrosos descubrimientos- deseché el plan para la TV, dirigí­ mi energí­as hacia la internet y compré la dirección para el videoblog. En pocas palabras, cree mi propio canal. De esa manera, pensé, podrí­a hacer lo que me de la gana con el proyecto y, creo, hasta ahora todo va muy bien.

Hace unas semanas, regresando de Argentina, leí­ en una revista de música que el truco para ser feliz en la vida es, tal vez, guardar, en un rinconcito de nosotros, un espacio para ese joven de 16 aí±os con envidiable í­mpetu adolescente, í­mpetu que muchos pierden con la adultez. Todos los dí­as, poco después de despertar, abro La habitación de henry spencer y compruebo que yo continuo guardando un espacio para aquel muchacho impetuoso.

LC

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