«No te vayas a morir tan lejos», por Renato Cisneros
Publicado: diciembre 4, 2007 | Categoría: Diario | Tags
¿Traqueotomía? ¿Renato Cisneros? El autor de Busco Novia publicó esta historia de la vida real en la sección Contracorriente, del diario El Comercio.
Pasenla bien
LC
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NO TE VAYAS A MORIR TAN LEJOS
De cómo un periodista alérgico sobrevive a una asfixia mortal en medio de una carretera rumbo a La Oroya, gracias a la milagrosa intervención de un fotógrafo que le hizo una traqueotomía artesanal en la garganta, con una cuchilla suiza.
Por Renato Cisneros
Estoy echado en la parte posterior de una ambulancia. Tengo una mascarilla de oxígeno en la cara, una botella de suero conectada a mis venas a través de una aguja, y un punzante dolor en el cuello, a la altura de la garganta, allí donde hace cosa de seis horas un par de médicos de un hospital de La Oroya me sometieron a una cirugía.
Son las 7:20 de la noche del miércoles 12 de setiembre y estamos atravesando Casapalca. Lo sé gracias a la enfermera que viaja a mi lado y que cada treinta minutos me da un reporte preciso de la hora y de nuestra ubicación. «Has tenido suerte, flaquito», me consuela, carií±osa. Al escucharla recuerdo inmediatamente el comentario de uno de los doctores que me operaron: «Estuviste a punto de morirte de asfixia».
Cuando me lo dijo, claro, no comprendí la dimensión de su diagnóstico: estaba ‘groggy’ y en shock por la operación, y todavía me costaba respirar un poco. Pero ahora, metido en esta cajuela oscura, mientras la ambulancia se desliza en medio de la noche, reconstruyo en silencio todo lo que acabo de vivir, repaso las escenas una por una y, asustado, tratando de que la enfermera no me vea, me pongo a llorar.
LA TOMA DE LA PASTILLA
Todo comenzó con la inocente ingesta de una pastilla. Sorochipill. Excelente para calmar los estragos de la altura, pero absolutamente nefasta para los alérgicos desavisados como yo, que ignoran todo lo que no pueden tomar y van por ahí, tragando píldoras anónimas sin saber los efectos catastróficos a que se exponen.
Estaba en Ticlio, junto con otros dos periodistas de este Diario: el fotógrafo Kike Cúneo y Tatiana Perich, redactora de la web. El equipo de producción de la campaí±a Las Siete Maravillas del Perú –que auspicia El Comercio– nos llevó a los tres hasta allá para hacer unas filmaciones, y el guía del grupo nos aconsejó, por prevención, tomar la pastilla de marras.
Un aí±o atrás, en Puno, había recurrido a una tableta muy parecida para aplacar los síntomas del soroche. Como en aquel entonces no tuve ninguna reacción negativa, engullí el Sorochipill sin mayor culpa, sin saber que se trataba de un fuerte concentrado de aspirina, sustancia que en mi organismo resulta tan mortal como un veneno.
Veinte minutos más tarde, trepados en una 4×4 rumbo a La Oroya, la alergia comenzó a manifestarse con la dilatación de mi párpado derecho. No me asusté mucho, pues ya antes había pasado por ese mismo cuadro: una vez después de comer langostinos; otra después de comer un coctel de camarones; y otra luego de tomar un Excedrin para despejar una migraí±a.
En esas tres oportunidades, apenas detecté la hinchazón en los ojos, volé a la farmacia más cercana para que me aplicasen una ampolleta de Clorotrimetón y detuviesen la alergia. Solo en una ocasión me demoré más de 15 minutos en inyectarme, pero fue porque la dueí±a de la farmacia, al verme con los ojos prácticamente cerrados de tan hinchados que estaban, creyó que estaba bajo los efectos de alguna droga, y me cerró la reja en la cara, rehusándose a atenderme. Al final, logré convencerla de que me pusiera la inyección.
Ahora, sin embargo, era distinto. Entre Ticlio y La Oroya hay casi media hora de viaje, tiempo suficiente para que cualquier alergia se desarrolle a sus anchas.
Kike y Tatiana compartían conmigo el asiento posterior de la camioneta. El chofer avanzaba a unos 80 kilómetros por hora y, a su lado, el copiloto descansaba de un mareo.
Por el espejo retrovisor, noté que mis ojos habían adoptado el tamaí±o de dos pelotas de pimpón. Mis amigos se alarmaron, pero sin perder los estribos. Con calma, los tres le pedimos al chofer que apurara el paso para llegar pronto a una posta.
LA MUERTE ES LENTA
En más de una oportunidad había escuchado esas historias de hombres y mujeres que, intoxicados por una comida o un medicamento, murieron camino al hospital, asfixiados por un edema de la glotis, una obertura anterior a la laringe que, cuando se inflama, se cierra poco a poco, produciendo una insuficiencia respiratoria capaz de derivar en el sofocamiento absoluto. Jamás pensé, por supuesto, que yo pudiera ser un ilustre miembro de esa lista de víctimas.
Estábamos a mitad del camino cuando de repente sentí que mi garganta claramente comenzaba a cerrarse. Pedí que me alcanzaran el balón de oxígeno que traíamos en la camioneta e insistí en que fuéramos más rápido. «Tranquilo, te vas a poner bien, ya estamos cerca», me dijeron todos.
Pero era mentira. Aún faltaba mucho para llegar a La Oroya y a cada minuto que pasaba mi tráquea iba cerrando sus compuertas más velozmente. Nunca en mi vida había sentido tanto miedo ni tanto terror ni tanta inseguridad. Mis amigos me miraron y se comenzaron a angustiar.
Lo peor sucedió enseguida: el abdomen se me acalambró, los pies y manos se me hincharon desproporcionadamente y mi cuerpo se puso de un color entre morado y azul. Parecía un ahogado.
«Carajo, no puedo respirar», alcancé a gritar, casi sin aire. El espanto y la desesperación invadieron la camioneta. El chofer, nerviosísimo, pisaba el acelerador y tocaba el claxon para abrirse paso entre la gente; el copiloto, olvidando sus mareos, pedía ayuda por la ventana a los desconcertados lugareí±os («emergencia», «Â¿dónde hay un hospital?», «auxilio»); Kike trataba de comunicarse por teléfono con su papá, que es médico; y Tatiana me arengaba, pidiéndome que por favor resistiera.
Era francamente horrible. Una parte de mí ya se había abandonado a la idea de morir asfixiado, pero otra parte se aferraba a la vida, pataleando, dando violentos puí±etes contra el techo tapizado de la camioneta, como reclamando la injusticia de morir así, a los 31 aí±os, en medio de la nada, a causa de una estúpida pastilla contra el soroche.
Era la muerte más absurda que podía tocarme. «Tanto nadar para morir en la orilla», pensé. O aun peor: «Tanto nadar para morir en La Oroya».
Al borde del desmayo y en medio de aquella agitación de gritos y bulla y de no saber qué hacer, oí que Kike me decía: «Te voy a tener que cortar», anunciándome la inminente práctica de una traqueotomía artesanal. Era lo único que quedaba por hacer. Yo estaba casi por colapsar, así que ninguno de los presentes discutió la difícil decisión.
Utilizando como escalpelo una cuchilla suiza que Tatiana tenía entre sus cosas, Kike tensó mi cuello, me aplicó un tajo de cuatro centímetros en la garganta y destapó un orificio por el que –para espanto de todos– comencé a vomitar ornamentales chorros de sangre. «Se está desangrando… Renato, no te mueras», gritaba Kike, agudizando el drama de la escena, sin saber si con su intervención me estaba ayudando a preservar la vida o si acababa justamente de arrancármela.
Luego, procedió a incrustarme infructuosamente un lapicero y después un pequeí±o tubo para evitar que se formasen mortales coágulos alrededor de la herida. «Trata de respirar por ahí», me pedían. Y yo trataba. Recién entonces, con la felicidad con que un grupo de náufragos divisa una isla, visualizamos la entrada al hospital de La Oroya.
LA VIDA NUEVA
Yo estoy convencido de que la reacción de Kike fue providencial. Si bien no consiguió perforarme la tráquea, el incalificable dolor del cuchillazo sin anestesia me distrajo del pánico de la asfixia.
Además, logró que accediera a mi última provisión de aire: un aire que ya no era natural, ni atmosférico, sino mental y psicológico; un aire que no nacía de los pulmones, sino de la conciencia de saber que alguien –a 120 kilómetros por hora, sobre una carretera irregular y con una cuchilla suiza (y sucia, pues tenía restos de king kong)– estaba haciendo hasta lo imposible por salvarme la vida. Nunca como ahora el tantas veces celebrado pulso fotográfico de Kike me parecía tan digno de un aplauso.
Irónicamente, él no debía estar en este viaje. Se trepó en la camioneta a último minuto, en reemplazo de mi querido amigo Fabricio Torres, quien en un trance como este quizá se hubiera quedado –como yo y como muchos– paralizado.
Tras la temeraria actuación de Kike, llegamos todos ensangrentados y con las justas al hospital de La Oroya, donde los médicos regularon mi respiración, me administraron los antihistamínicos del caso y me zurcieron el hueco de la garganta. Fue ahí que uno de los cirujanos me soltó esa línea que se me hace escalofriante de solo recordarla: «Estuviste a punto de morirte de asfixia».
Una vez liberados del susto, el resto fue puro trámite: radiografías, cuidados, advertencias, sillas de ruedas, llamadas a Lima.
Eso es todo lo que recuerdo. Ahora estoy –como dije al inicio– en la ambulancia. Dentro de un rato haremos escala en el hospital Rebagliati y luego me internarán en la clínica Ricardo Palma. Aquí adentro la enfermera y yo seguimos a oscuras, sin hablar, escuchando el amplificado ulular de la sirena. Pienso en las millones de veces en que he visto con indiferencia el paso veloz de una ambulancia por las calles de Lima.
Nunca me he detenido a reflexionar en que al interior de ellas, en esa enorme maletera sellada con una cruz roja, puede estar viajando alguien en serios problemas, alguien que haya estado al borde de la muerte, alguien que tenga una historia que contar y de la que nosotros podamos aprender.
Yo estuve al borde de la muerte y un fotógrafo me salvó de un cuchillazo. Si alguien obtiene alguna lección de esta historia, ella quedará completamente justificada.



